Si alguna vez trabajaste con mainframes (yo no) o conociste a alguien que lo hizo (yo sí), seguro escuchaste historias sobre terminales tontas conectadas a una gran máquina en un cuarto refrigerado. Un lugar donde solo los sacerdotes del cómputo podían acercarse y donde cualquier error era un sacrilegio impreso en papel perforado.
Entonces, algunos visionarios nos dijeron que el futuro sería descentralizado. Que ya no dependeríamos de una megamáquina de IBM. Que en lugar de alquilar tiempo de procesamiento, tendríamos nuestro propio poder de cómputo en casa. Que el mainframe era una reliquia de otro tiempo, una pieza de museo.
Y así fue. Durante un tiempo.
Cada laptop tenía su propio procesador, cada servidor en la oficina corría aplicaciones independientes. Las empresas medianas y grandes tenían su propio datacenter, con refrigeración, racks, servidores, UPS, routers, switches, PBX y una maraña de cables que había que esquivar con más cuidado que una trampa para ratas. Y, por supuesto, un pasante que tarde o temprano metía la pata y tumbaba todo. Seguro que ya tienes a alguien en mente, ¿verdad?

Pero ahora, míranos. Ejecutamos aplicaciones en la nube, donde nuestra lógica vive en un data center de alguien más, y accedemos a ella desde dispositivos cada vez más livianos. La historia parece repetirse.
Porque con la nube, parece que estamos volviendo a una versión moderna de los mainframes. Solo que ahora les llamamos GCP, AWS, Azure. Todo vive en servidores remotos, y nuestros dispositivos son meras terminales de acceso con WiFi. Chromebooks, thin clients, móviles. Nos vendieron la idea de la descentralización, pero nos quedamos con la promesa y sin los servidores.
Yo entiendo. Montar un datacenter es un dolor de cabeza. He estado ahí. La refrigeración, los respaldos de energía, los parches de seguridad, los discos que fallan cuando menos te lo esperas. No es sexy, y cuando alguien dice “puedes tenerlo todo en la nube, sin preocuparte de nada”, es tentador, demasiado. Y he pecado.
Pero, ¿de verdad avanzamos o solo volvimos a lo mismo con otro nombre?
Hoy, cada vez más empresas migran a la nube y eliminan sus servidores propios. Los racks se venden como chatarra, y con el auge del SaaS y PaaS, ni siquiera corremos nuestros propios programas. Lo importante ya no está en la máquina del usuario, sino en un servidor al otro lado del Atlántico que puede apagarse o cambiar sus términos de servicio de un día para otro.
Claro, ahora tenemos escalabilidad, pagos por uso, múltiples proveedores. Pero en lo esencial, el modelo de dependencia es el mismo. Antes, con los mainframes, las empresas no compraban su propia supercomputadora porque costaba lo mismo que un edificio. En su lugar, rentaban tiempo de procesamiento en un sistema operativo de tiempo compartido, donde varios usuarios accedían a la misma máquina central desde terminales tontas.
Pagabas por tiempo de CPU, por cantidad de operaciones procesadas, por acceso a memoria. Sonaba futurista… hasta que te quedabas sin crédito y el sistema te cortaba en seco. ¿Te suena familiar? Hoy seguimos pagando por CPU, por número de peticiones, por almacenamiento, y si no pagas, tu aplicación se apaga, tu instancia desaparece y tu servicio queda en el limbo.
Nos alejamos de los mainframes para ganar control y flexibilidad. Ahora estamos cediendo todo otra vez. ¿Estamos realmente mejor o simplemente volvimos a lo mismo con una interfaz más bonita?
Tal vez la respuesta no sea blanco o negro. Los mainframes fueron reemplazados porque la computación distribuida trajo ventajas. La nube también tiene sus méritos. No se trata de renegar del avance, sino de entender qué estamos dejando atrás en el proceso.
Porque cuando todo depende de un puñado de grandes proveedores, y cuando los servidores ya no son nuestros, la pregunta deja de ser técnica y se vuelve más incómoda: ¿Quién decide realmente qué podemos hacer y qué no?
Entonces, ¿qué hacemos?

No se trata de demonizar la nube ni de aferrarnos a los servidores propios como si fueran un tótem sagrado. Cada tecnología tiene su momento y su uso. Si estás arrancando un negocio, probablemente tener todo en la nube sea lo más conveniente: escalabilidad inmediata, costos predecibles, cero preocupaciones por infraestructura.
Pero a medida que creces, esa dependencia empieza a pesar. Ya estamos viendo casos de grandes empresas que están bajándose de la nube, al menos en ciertos componentes, para ahorrar costos o mejorar el desempeño con infraestructura propia dedicada. La clave estará en encontrar el balance y el momento adecuado.
El mundo da vueltas, todo es cíclico. Tal vez llegue el momento en que la nube deje de ser tan atractiva y parezca cosa del pasado, enterrada en el mismo cementerio donde acabaron los viejos mainframes. Quizá entonces celebremos la llegada de la descentralización 2.0, una nueva promesa de independencia y control.
Pero si algo es innegable, es que cada iteración—centralización, descentralización, y vuelta a empezar—es mejor que la anterior. No se trata de elegir un bando, sino de entender cuándo y por qué cada modelo es el adecuado.